Las ciudades perdidas

(por L.Z, publicada en la revista WOBI de febrero 2016)

Nadie vive en Pripryat, una ciudad ubicada al norte de Ucrania. Pero los turistas que quieran recorrerla durante un par de horas, deben vestirse con un traje especial anti radiactivo y pagar 100 dólares por el tour grupal. Si se quiere un paseo individual, la cifra sube: 500 dólares.

La ciudad se hizo conocida tras el famoso accidente nuclear del 26 de abril de 1986, cuando explotó el reactor número 4 de la Central Nuclear de Chernóbil. Había sido creada en 1970 por la antigua URSS para alojar a los trabajadores de la planta y a sus familias. La radiación fue tan grande (500 veces más que la bomba atómica de Hiroshima) que tres días después del desastre, todos los 45 mil habitantes tuvieron que abandonar la ciudad en miles de colectivos, autos y cientos de camiones, trenes y barcos. No quedó ni una sola persona ni un solo animal. Enormes edificios de departamentos, plazas, restaurantes, colegios y edificios públicos quedaron suspendidos en el tiempo, como una gran maqueta tamaño real. Solo se ve la mano implacable de la naturaleza: el moho, la humedad, la lluvia y nieve, los árboles y las plantas van tragándose todo lo que alguna vez supo ser el marco físico de una ciudad. 

A treinta años de la tragedia, Pripryat es una de las ciudades fantasma más conocidas del mundo. Pero hay muchas más. Se trata de ciudades modernas que en algún momento, y por algún motivo, fueron abandonadas por todos sus habitantes pero sus estructuras urbanísticas quedaron intactas. Se las suele usar como paseos turísticos, tours fotográficos o para filmar películas.

No siempre los motivos del abandono fueron desastres humanos como el que ocurrió en Chernóbil. Pueden ser motivos económicos o sociales. Los avatares de la naturaleza también pueden adelantar el fin abrupto de una ciudad. Como el de Balestrino, un pueblo medieval italiano ubicado en la provincia de Savona. Un fuerte terremoto en 1887 destruyó varias casas y alcanzó para asustar a los habitantes, que empezaron a irse hasta que, para 1953, no quedaba nadie.

El caso de la isla de Montserrat (frente a Puerto Rico, tierras del Reino Unido) es doble: un huracán en 1989 la dejó al borde del desastre, que finalmente ocurrió seis años después cuando un volcán entró en erupción. Los 13 mil habitantes fueron evacuados y la zona más afectada, la capital Plymouth, mantiene todavía hoy las impresionantes huellas del desastre: calles, casas y hasta Iglesias, semi cubiertas de lava solidificada. Las fotos del lugar parecen surrealistas.

Distinto es el caso del pueblo de Reschen, que quedó hundido en el agua por decisión de las autoridades cuando en 1939 decidieron unificar dos lagos naturales. Debajo del agua quedaron 500 hectáres con 160 casas. Es famoso el campanario de una Iglesia que sobresale en medio del lago.

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En los ´60, Elizabeth Taylor, Raquel Welch y Brigitte Bardot posaban sus curvas sobre la arena de las espectaculares playas de Varosha, un espectacular centro de veraneo de la ciudad de Famagusta, en Chipre, sobre el Mediterráneo. Pero los problemas políticos entre Grecia y Turquía le dieron el tiro de gracia a la ciudad. El norte de Chipre fue ocupado por tropas turcas en 1974 y expulsaron a casi 50 mil habitantes que tuvieron que emprender la retirada casi a punta de fusil. Hoy Varosha, cercada con vallas y guardias, es solo un recuerdo de cemento y arena.

Hay muchos otros casos más de ciudades abandonadas o despobladas. En casi todos los países hay al menos una. También en los Estados Unidos. En el estado de California, cerca de la frontera con Nevada, el pueblo minero de Bodie supo ser uno de los emblemas de la fiebre del oro a mediados del siglo XIX. Pero el oro se terminó y sus más de 10 mil habitantes se fueron, de a poco pero sin pausa, hacia otros lados. El lugar, detenido en el tiempo con la estética de madera típica de los viejos pueblos de las películas de Western, recibe miles de turistas al año. Y Detroit es un caso más raro, porque muchos medios suelen referirse a esa ciudad como “fantasma” pero todavía alberga a 800 mil habitantes. Lo que ocurre es que hasta hace algunas décadas, en plena expansión de la industria del automóvil, llegó a tener casi 2 millones de personas.

En la Isla de Hashima, a veinte kilómetros de Nagasaki, en Japón, se escondió Raoul Silva, el villano de la película Skyfall interpretado por Javier Bardem. Es muy pequeña (no más de diez canchas de fútbol) pero en los ´60 y parte de los ´70 supo albergar a más de tres mil personas, en su mayoría mineros que trabajaban en la extracción de carbón. Hoy todo está en ruinas.

Pero no solo son antiguas las ciudades abandonadas. Hay varios experimentos urbanísticos de ciudades inteligentes que no logran generar el atractivo suficiente para atraer a los habitantes. Masdar, ubicada dentro Abu Dhabi (la capital de los Emiratos Árabes) es un proyecto de ciudad digital y ecológica (“carbono cero”) que comenzó en 2006. Fue diseñada por el prestigioso estudio de arquitectura británico Foster & Partners y financiado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). Donde hasta hace poco había solo arena del desierto, ahora esperan juntar 50 mil habitantes, que vivirán en la ciudad del futuro. Pero no van. Los especialistas en urbanismo ya hablan de Masdar como un fracaso rotundo. Sin embargo, los árabes, sentados arriba de los barriles de petróleo, no se preocupan demasiado. Tienen muchos millones de dólares y paciencia para esperar.

Una de las características inevitables de las ciudades es que son como las personas: están vivas, en constante mutación. Crecen, se expanden, y también, como las descriptas más arriba, se mueren. Pero en los últimos años, y en gran parte gracias a Internet, las ciudades que ya no existen se fueron convirtieron en centros de atracción turística. Será el morbo, la fascinación por imaginar cómo fue, la curiosidad, las imágenes imposibles como sacadas de un cuadro de Dalí o que cuantos más somos en la tierra, cada vez es más difícil dejar de ver gente en las calles. Lo cierto es que aquellas ciudades muertas, a su modo, resucitan. Cada vez hay más fotos de ellas en redes sociales como Instagram y Facebook. También documentales o libros, como el “Atlas de las ciudades perdidas” (Planeta, 2015), de la francesa Aude de Tocqueville y  “Ghost cities of China”, de Wade Sheppard.

La tristeza del abandono fue reemplazada por el espectáculo 2.0 que, paradójicamente, mira hacia el futuro.

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