Playboy y la arquitectura en la Guerra Fría

preciado-pornotopia-27-01Lo más probable es que usted se sorprenda si escuchara hablar de la fuerte influencia que tuvo la revista norteamericana Playboy (1953) en la arquitectura moderna durante los años de la Guerra Fría que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Pero eso es lo que propone el excelente ensayo “Pornotopía” (Anagrama, 2010) de la filósofa española Beatriz Preciado, que surgió primero como una tesis doctoral y luego se convirtió en libro.

La revista, sostiene Preciado, representó “un ataque frontal a las relaciones tradicionales entre género, sexo y arquitectura” incluso, apostando por la modernidad que proponían grandes arquitectos como el alemán Ludwig Mies van der Rohe y Le Corbusier (1887-1965), entre otros.
En el libro la autora desmenuza los orígenes del hombre moderno, soltero (o divorciado) que rompe con los esquemas tradicionales imperantes hasta los años ´50 y se va a vivir solo al departamento urbano, un reducto mucho más pequeño y funcional que sus hogares tradicionales, un departamento que hasta ese momento casi no existía. A partir de allí, se desprenden varios elementos novedosos en las costumbres y también en la arquitectura, el diseño y la decoración de esos nuevos espacios.

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El creador y editor de Playboy Hugh Hefner (definido por la autora como “arquitecto pop”) supo ver en aquellos soldados (que al regreso de la guerra no encontraron su lugar en la familia que habían dejado años antes) un terreno fértil para sembrar una revista que identificó con precisión quirúrgica sus deseos, gustos y necesidades (y también sus imaginaciones, agregaría yo). Pero además, torció la lógica imperante de la familia tipo norteamericana instalada en las afueras de las grandes ciudades (leer a John Cheever). Allí, en esa sociedad la decoración del hogar era un terreno exclusivamente femenino y el hombre quedaba reducido a ir y venir del trabajo, al garage (su lugar por excelencia en la casa) y a las tareas de reparación (caja de herramientas, etc.) Nunca a decorar. Sí a proveer el único dinero del hogar. A tomar cerveza y escuchar beisbol en la radio o ver TV por las noches. El machismo imperante en esa sociedad indicaba que el hombre jamás se inmiscuía en las cuestiones hogareñas, mucho menos a opinar en la decoración (muebles antiguos de madera, candelabros, manteles, puntillas y flores por todos lados) que siempre recaía en la mujer (o las mujeres) de la casa: esposa, hijas, suegras, ama de llaves, etc.

 

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Pero en los ´60 todo eso explotó por el aire. Y ese hombre aprovecha la explosión para patear el tablero y reconfigura su rol en el hogar. La música, el cine, las artes en general y fundamentalmente los primeros divorcios socialmente comunicados y aceptados, ubicaron al hombre de entre 25 y 40 años en otro lugar. Por primera vez el hombre vive solo. Es decir, se va de la casa de sus padres o de la de casado porque se separa. Cambia la casa suburbana de madera con jardín en las afueras de la ciudad por el departamento en pleno centro urbano. Un departamento nuevo, moderno, sin pasado; fabricado con nuevos materiales: cemento y acero. Son más chicos y modernos, con otro diseño y una decoración interior a gusto y piaccere del dueño. Aparece la tecnología en los artefactos (luces empotradas que se manejan desde la pared o mesa de luz, equipos de música Hi-Fi, televisores a control remoto, lavarropas automático que solo manejará un ama de llaves). Aparece la mecánica y los colores en las paredes, muebles y en los pisos alfombrados. La soltería pasa a ser vista como algo más normal y la pastilla anticonceptiva y la revolución sexual les permitió a los “solos” disfrutar del sexo casual sin culpas y en libertad.

Todos estos cambios se ven reflejados en detalle en la serie Mad Men, cuando Don Draper decide ponerle fin a su matrimonio con la divina Betty y abandona la típica y antigua casa en las afueras de Manhattan. Se muda solo a la Gran Manzana, a un penthouse nuevo y con decoración moderna en pleno centro.

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La habitación tecno del nuevo hombre Playboy pensado para el placer y el sexo.

Las casas se transforman entonces en áticos de placer, destinados a fiestas íntimas. Aparecen los reproductores de la nueva música (el rock y el pop) y los electrodomésticos fabricados en serie en la post guerra de la mano de Braun y la japonesa Sony. La publicidad masiva financian las nuevas publicaciones para ellos, como Playboy. De echo la revista del conejito, y no por casualidad, le dedica en cada edición un destacado espacio a la decoración del hogar del nuevo hombre moderno. Hefner sabía que allí se estaba gestando algo nuevo. Lo supo ver y por eso se explica gran parte de su éxito. Y al hombre nuevo le entrega en cada número una nueva amiga/acompañante: la Playmate. En esa nueva casa, los objetos y muebles deben que ser prácticos, útiles y re-utilizables. Todo tiene que estar pensado allí para la conquista femenina, el sexo y el placer y también el trabajo. Por eso la similitud con las oficinas modernas. El hombre solo, exitoso y adinerado, se lleva también el trabajo a casa. Así nacen, años después, los lofts. Las alfombras cubren todos los pisos, los sillones se ajustan al tamaño y las luces se prenden y se apagan desde una botonera al lado de la cama. Las cortinas se abren y se cierran con un botón. La música suena en toda la casa. La cama es redonda, la TV cuelga del techo. En el baño hay un jacuzzi. El auto, deportivo y moderno (Porsche), espera en el garage para una nueva faena. Asi nació “el bulín” o “el bulo” y con él, una nueva arquitectura.

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